No, amigos, Stan Lee no estará
firmando comics en Subterránea como Paco, inocentemente, pensaba. Todo fue una
broma del vecino del primero, como venganza por el ruido proveniente del local
de Paco, fruto del incesante pasar de las páginas de los cómics.
Hemos estado hablando con Paco y
esto es lo que nos ha contado:
«Pues
bueno, todo el asunto ha sido, un poco, como una montaña rusa en la que te dan
gato por liebre y al final te cae un jarro de agua fría... Tú imagínate a un
gato enganchado a una vagoneta, con todo el traqueteo de las vías, las subidas
y bajadas, la fotito esa automática que te hacen y que al final si quieres la compras y si no, no, y luego
mójalo, a ver qué te hace. Tú moja al gato. Bien parado no vas a salir.
La cosa comenzó
cuando me pasaron, por debajo de la puerta del local, una carta lacrada con el
membrete de Marvel Cómics. Hasta ahí
nada raro, porque el lacrado es aplaudible y se usa en algunos estamentos o
logias. Pero, cuál fue mi sorpresa al comprobar que la firmaba el mismísimo
Stan Lee, de puño y letra ― puño y letra...
jajaja, ¿no os suena esto a súper héroe?; tengo que contárselo al Bute ―.
El caso es que «Stan the Man» me avisaba de que próximamente
vendría a Granada, por algún tema de una herencia, y había pensado que mi local
sería amazing y excelsior para hacer una firma de cómics. John Romita Jr. ya se
había encargado de decirle que yo soy una persona estupenda y con mucho saber
estar, y que aunque no vendo figurillas de acción, pues también me gustan,
claro. Eso para él era lo más importante.
Yo, por
supuesto, pegué la carta en la nevera. No me importó ponerla sobre aquella foto
de la montaña rusa y el gato, y esa misma tarde le respondí que estaría
encantado de organizar la sesión de firmas. Nos agregamos al Facebook e hicimos
en conjunto el cartel para la presentación. Bueno, lo hice yo, pero a él le
encantó porque le dije que me avisara si quería que cambiara algo y no me dijo
nada.
Un mes después
se presentó en mi local diciendo: «Paco, Paco, Paquito, ¡soy yo! ¡Stan!». Cualquiera habría reparado instantáneamente
en su aspecto, algo diferente y en su castellano perfecto aunque ciertamente zaidinero, pero ¿qué queréis que os
diga? yo solo podía pensar en que Stan Lee me había llamado Paquito. Además, me
pilló leyendo un cómic de Batman y tuve que esconderlo rápidamente entre mis pantorrillas.
Imaginad cómo debió ser su primera impresión, cuando me vio andando hacia él
con la ilusión de un niño el día de los reyes magos, que apenas podía articular
palabra, pero andando como Pingu, para que no se cayera el comic. Como si el
suelo fuera lava, vaya.
Mientras
revisaba los comics de mi tienda, cogió una reedición deluxe de El capitán Trueno:
un tochazo infumable que en España asentó las bases de «lo coñazo» y
comenzó a jactarse de que aquel era uno de sus mejores trabajos bajo
pseudónimo. No sé... todo era muy raro y ya me olía a chamusquina.
Entonces, yo le
dije: «Pero
señor Lee, está usted algo cambiado». Y él me respondió: «Paco,
chiquillo, leo tus cartas desde que eras un niño».
Y entonces nos
abrazamos.
Yo seguía
pensando que todo era real, pero al hacerse viral el cartel, mi vecino del
primero (autor intelectual de la broma) junto con su yayo (el falso Stan Lee)
vinieron a disculparse y a explicarme que todo fue una treta. Bueno, que lo de
la herencia era real, sí, y que todo había salido muy bien, pero que del resto
me olvidara.
No puedo decir
más que... Me la dieron con queso».


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